El niño fundamental: mito, poesía y política
En no- retornable entrevista a Martín Rodríguez por María Laura Romano.

Diosa de matadero, vaconcia amiga, tu cuerpo grande molesta.

La foto de arriba es una postal que le regaló mi abuelo Miguel a mi abuela María para un cumpleaños no sé de qué fecha porque no hay escrita ninguna, pero supongamos que para los diecisiete, o sea que la foto pongámosle es de 1933, 1934 (después del derrocamiento de Irygoyen, pleno gobierno conservador, pero eso da igual, mis abuelos eran todos peronistas lo que significa que a esa altura no eran nada todavía). Atrás de la foto hay un poema de esos tan populares que siempre terminan en canción de cancha y que está escrito de puño y letra de mi abuelo, con esa letra de caligrafía de todos los viejos que pasaron pocos años en la escuela: “Del cielo son las estrellas/ del jardín el alelí/ de mis momentos más gratos/ los besos que yo te di”. Las malas lenguas de mi familia (literalmente mis tías abuelas) dicen que mi abuelo era muy mujeriego y que mi abuela lo esperaba incondicionalmente, de hecho estuvieron de novios más de 7 años, hasta que mi bisabuelo le puso los puntos y entonces se casaron, lo que obviamente no impidió que mi abuelo siguiera dando rienda suelta a su pasión por fiestas y mujeres (la “Pampona” entre las más recordadas por mi abuela y fíjense que ese nombre ya da mucho que pensar). Incluso mi abuelo fue el Presidente de la Comisión de Fiestas de no sé qué club de Barracas o sea que hasta cargo de fiestero tenía. Mi abuelo murió a los 52 (creo) por cáncer de pulmón, yo ni lo conocí y sus tradiciones nunca me llegaron: esa línea de mi familia me quedó medio trunca y entonces por donde mire en mi historia hay algo así como una especie de matriarcado, una gravitación extraordinaria y casi prepotente del punto de vista femenino (“es femenino estar roto” MR dixit y lo cito de memoria porque en mi caso viene a cuento): la vida vista por mujeres, más o menos felices, más o menos rotas, más o menos inteligentes, frustradas, frágiles o fuertes, trabajadoras, madres, etc.
El cuerpo llora
Cedí mis formas a otro
la formalidad no es mi estilo: ya saben, las all star, el jean, la mochila.
Aunque las cosas deformes me den miedo
amo mi lengua informal
que se tapa los ojos
frente a espejos,
que su cara no hace sombra
a luz de día.
Querida lengua, sos un bosque,
arrasada y alisada como estás,
no podés nada,
pequeña hoja blanca
grave, arrancada y devastada
grávida de palabras que no salen
y de una ley fantasma nunca escrita
que la gravitación de la cama
o la vigilia
cierra en círculo pesado
sobre el tono monocromo de una forma
que se fija a una luz monocorde
de tan límpida, hiriente
de un bosque sin árboles
de la lengua- desierto que encandila.
*Renata Schussheim
Lo que no pasó dolió:
es que estoy perdiendo paz
y tiemblo, con la soga
al cuello.
Para colmo,
perdí a MM
¡los poemas de amor, dios!
y volví a salir
al barrio
las veredas grandes
-increíbles-
pero los perros
se me fueron
solos
tuve que cazarlos
al sol
y dormirlos juntos
en pareja.
Por cada remisería un perro
o 10
o 1000
¡qué catástrofe social, dios!
la diversidad de panes y peces
contrajo su fruto
en remises
de 0 a 5 estrellas.
Olí perro y porro
amigos que se juntan a fumar en la esquina
oscura, desierta,
les juro: vi caballos
nada comparado con…
pasás al frío y olés,
olés, olés
la bosta, puede ser
el domingo antes del trabajo
la portación del rostro: la alteridad
entrañable
que te altera.